Diseñado, construido y mantenido completamente en Argentina, el Pucará fue uno de los pocos cazabombarderos turbohélice operativos del mundo en 1982. Voló desde aeródromos improvisados en las islas. Sus pilotos pagaron caro su coraje.
En los años setenta, la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba diseñó y construyó un avión que casi nadie en el mundo esperaba que existiera: el IA-58 Pucará. Era un cazabombardero biplaza turbohélice de ataque a tierra, optimizado para operar desde pistas cortas, sin infraestructura compleja, en zonas remotas. Una herramienta diseñada por argentinos para los teatros operacionales argentinos.
En 1982, ese avión se enfrentó a la guerra moderna.
Los Pucará operaron desde aeródromos improvisados en Puerto Argentino, en Pebble Island (Borbón) y en Goose Green (Pradera del Ganso). Volaban misiones de ataque a tierra contra las posiciones británicas, escolta a tropas y reconocimiento armado. Llevaban dos cañones de 20mm, dos ametralladoras de 7,62mm, lanzacohetes y bombas convencionales.
El problema era simple y brutal: el Pucará era turbohélice. Volaba a 500 km/h en el mejor de los casos. Los Sea Harriers británicos volaban a más del doble, llevaban misiles AIM-9L Sidewinder y estaban armados con dos cañones Aden de 30mm. En cualquier intercepción aérea, el Pucará era una víctima cantada.
“Sabíamos que si nos cruzábamos con un Harrier, no había escape. Pero nuestros muchachos en tierra necesitaban apoyo. Y mientras nosotros estuviéramos allá arriba, el inglés tenía que pensar dos veces antes de moverse.” —Mayor Carlos Tomba, piloto de Pucará.
El Teniente Daniel Antonio Jukic murió el 1 de mayo de 1982 cuando un ataque sorpresa del SAS británico al aeródromo de Borbón destruyó la mayoría de los Pucará allí estacionados. Jukic estaba en su avión, intentando despegar para defender la posición. Tenía 28 años.
El Teniente Hugo Argañaraz murió derribado por fuego de tierra cerca de Goose Green. El Primer Teniente Miguel Cruzado también cayó en combate. En total, la Fuerza Aérea Argentina perdió 23 de los 24 Pucará desplegados — la mayoría destruidos en tierra por ataques de comandos o por bombardeos de saturación.
Pero antes de caer, los Pucará hicieron daño. Derribaron un helicóptero Scout británico en Goose Green. Atacaron columnas de Royal Marines en marcha. Y, sobre todo, demostraron que un país periférico podía diseñar y operar un sistema de armas propio en condiciones de combate extremas.
Hoy, el IA-58 Pucará sigue volando en las fuerzas aéreas de Uruguay y Colombia. Argentina mantiene una flota reducida en Tandil. Cada vez que despega uno, recuerda a 24 pilotos jóvenes que probaron, en 1982, que un avión hecho en Córdoba podía pelear contra la marina más antigua del mundo.
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