La historia de Raúl Ernesto León
La Guerra de Malvinas encierra una historia plagada de desventuras personales, errores políticos, ignorancia diplomática e improvisación militar. Sin embargo, la sumatoria de errores y horrores no logra empañar la entrega, abnegación y valor de quienes ofrendaron sus vidas defendiendo la soberanía territorial argentina.
En esta página se relata la experiencia de Raúl Ernesto León — un veterano que, con su testimonio y su diario, transmite sensaciones y vivencias con un único propósito: recordarnos que esta historia sigue viva. Que a más de cuarenta años de finalizado el conflicto, quedan asignaturas pendientes hacia quienes con gallardía dieron todo por un ideal.
“Si quieren venir que vengan”
En la madrugada del 2 de abril de 1982, tropas argentinas del Operativo Rosario recuperaron por la fuerza los derechos soberanos en el Atlántico Sur sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, tomando el control de Puerto Argentino (Puerto Stanley). Así comenzó la Guerra de Malvinas, que terminó 75 días después, el 14 de junio, cuando los militares argentinos finalmente se rindieron.
El plan económico de Martínez de Hoz empezaba a caer; la gente ya no le tenía miedo a la dictadura. El 30 de marzo, una gran movilización popular en Plaza de Mayo puso en jaque al régimen. Galtieri, mareado por el poder, fue incapaz de distinguir entre las maniobras propagandísticas y las muertes que podía provocar enfrentando a las tropas inglesas. La manipulación de la información fue una constante: la Junta dirigió sus esfuerzos a engañar a su propio pueblo, no al enemigo. Los británicos sí enfrentaban a la prensa; los argentinos, en cambio, transmitieron en cadena del primero al último día del conflicto.
Un amigo, veterano de guerra
Con esa frase se presentó él mismo. Raúl Ernesto León, hoy 70 años, Suboficial Mayor (R), nacido en Jujuy. Vive en Villa de Mayo, partido de Malvinas Argentinas, provincia de Buenos Aires — lugar elegido para su retiro acontecido en 2008, en un partido cuyo nombre lleva la causa que defendió en el Atlántico Sur. Está casado y tiene tres hijos. Es un hombre alegre, decidido y luchador. Pero el semblante le cambia cuando empieza a hablar de Malvinas. Tenía 30 años cuando se desató el conflicto, y se enteró recién en las islas de lo que sucedía.
“El primer día en Malvinas fue muy particular, por el frío, las características de la ciudad y por ende las viviendas; era algo novedoso, y ahí empezamos a tomar conciencia de que estábamos para la guerra.”
Estuvo a cargo de la Sección de Tiradores de la Compañía de Infantería “A” del Regimiento 25 de Infantería “Sarmiento” (Chubut). “Al comienzo, hicimos las fortificaciones de posiciones en la primera línea. Posteriormente, tuve oportunidad de combatir con la patrulla de 10 hombres haciendo el reconocimiento al enemigo, y luego en las primeras líneas de combate, tratando de sostener el ataque inglés.”
Raúl agradece constantemente el estar vivo y entiende que la guerra debería ser la última carta a jugar en un conflicto: “Se pierden vidas de ambos bandos. Solo hay muerte, dolor y sufrimiento. No debería existir nunca.” Recuerda mucho a sus compañeros caídos. Tras una pausa, dice: “Ellos dejaron sus vidas por su tierra, defendiéndola hasta el último combate.”
Le queda un sueño pendiente: “Nunca volví. Pero me gustaría volver algún día con mi familia, para recorrer los lugares de combate y defensa en esas benditas islas que son nuestras. Ese es mi último sueño.”
Diario de un ex combatiente
Los soldados argentinos no estaban equipados para enfrentar las condiciones climáticas, ni para combatir a las tropas británicas, provistas con armamentos y logística de última generación: uniformes térmicos, botas todo terreno, visores nocturnos, misiles infrarrojos, chalecos antibalas, cañones modernos y alimentación suficiente.
Raúl conserva un diario donde tiene registrado, hasta el último detalle, lo realizado por la patrulla de la que formaba parte. Tenía 30 años, era Sargento, y llegó a Puerto Argentino para integrar una patrulla de reconocimiento y observación. Su ubicación: las alturas del Monte Low, 1.550 metros sobre el nivel del mar, 8 kilómetros al norte de Puerto Argentino.
“Nos llevaron hasta el pueblo y de allí embarcamos en helicóptero rumbo al Cerro Low. Permanecimos dos semanas, soportando frío, viento y mucha humedad. Se nos complicó la logística: el helicóptero no podía volar por la espesa neblina, y cuando empezó el bombardeo prácticamente quedamos aislados. Los pozos de zorro con agua, la ropa mojada, imposible descansar. La ración de comida se nos había terminado y empezamos a cazar ovejas para alimentarnos.”
Escuchamos el ruido de motor de los aviones. Una bomba cayó a 300 metros de nuestra posición, haciendo un cráter de 50 metros de diámetro. Vimos cómo la escuadra se dirigía al aeropuerto descargando sus bombas sobre las posiciones del RI 25 “A” y “B”.
Tomé mi posición con mis hombres en la zona del aeropuerto. Empieza el hostigamiento de bombardeos navales a aproximadamente 15 kilómetros. Era desgastador, imposible descansar. Durante el día nos ametrallaron y lanzaron bombas de 500 y 1.000 libras; algunas estallaron al instante, otras lo hacían después de cuatro horas. Una de las bombas explotó cerca de la posición de dos soldados que salieron con asfixia; a un Suboficial lo tiró a 20 metros por la onda expansiva. Después de cada bombardeo nos preguntábamos si había bajas o heridos, pero tuvimos protección del Señor permanentemente, y rezábamos con el rosario que nos dieron en el continente. A 200 metros, cuando le tocaba el turno en el radar al Tte. Dachari, le cayó un misil aire-tierra que lo mató en su posición.
Sobre la alimentación, Raúl menciona que al comienzo era buena y que después se cortó el abastecimiento por el intenso bombardeo: “Cuando llegaba el camión con la comida salíamos de las posiciones por grupos y corríamos buscando cubiertas hasta llegar al lugar donde estaba el camión. Parece que sabían el horario, y era ahí donde recibíamos ráfagas de metralla. Tuvimos que cambiar el horario de cada comida, en especial del mediodía.”
Siento que nací de nuevo. Nunca me voy a olvidar de este 25 de mayo. Una bomba cayó a unos cinco metros de donde me encontraba, sin que sufriera ningún rasguño.
“Uno pensaba en su familia. Mi esposa estaba embarazada y hubo momentos en los que pensaba que nunca llegaría a ver a mi hijo. Pero la asistencia espiritual que teníamos en las islas, los rosarios que cada soldado llevaba en su cuello, en mi caso con una imagen de la Virgen del Valle, nos insuflaban fe y esperanzas.”
En otro pasaje de “Malvinas, la última batalla de la Tercera Guerra Mundial”, de Horacio Verbitsky, se lee: “Un teniente 1° quedó herido en una emboscada y un inglés le disparó con su FAL para rematarlo a dos metros de distancia. El proyectil se detuvo al golpear contra una cuenta del rosario.”
Los ataques continuaron. En escena aparecieron los gurkhas, soldados mercenarios nepaleses al servicio de la Corona británica. Los soldados argentinos debieron pelear contra ellos en torno a una mística respecto de su bravura y lo salvaje de su comportamiento. El Ejército Argentino llegó al 14 de junio habiendo agotado la totalidad de las municiones, con las piezas inutilizadas por la acción del terreno.
Raúl recuerda el momento de la rendición: la tristeza al entregar el armamento, los tiempos de espera para retornar al continente, la marcha militar que cantaron antes de desembarcar y el arribo a Puerto Madryn y al Regimiento de Chubut, donde los esperaban compañeros, amigos y familiares.
No los hemos de olvidar
Para Raúl las cosas no fueron tan difíciles, porque continuó con su carrera militar hasta su retiro en 2008. “La sociedad nos apoyó, nos contuvo en las emociones, nos acompañó en la Causa de Malvinas”, dice. Pero también recuerda que no siempre fue así: “Antes nos tenían olvidados, nos querían desmalvinizar, hacernos desaparecer como veteranos de guerra.” Reclama, junto a todos sus compañeros, el resarcimiento histórico de Malvinas.
A más de cuarenta años de la guerra, las asignaturas siguen pendientes. A la diferencia natural de equipamiento, número de efectivos y capacitación, se le sumó la falta de conocimiento del terreno, la escasa logística para las distancias y las inclemencias del tiempo. Hubo errores: políticos, diplomáticos y militares. Pero hubo, también, hombres como Raúl Ernesto León.
Su historia es una de las tantas que reflejan lo que significó aquella guerra y nos sirve para refrescar la memoria, arma poderosa contra las tinieblas del olvido. Para Raúl, como para todos los argentinos, Malvinas es una herida abierta.
“Malvinas, tierra cautiva de un rubio tiempo pirata. Patagonia te suspira. Toda la Pampa te llama. Seguirán las mil banderas del mar, azules y blancas, pero queremos ver una sobre tus costas clavada. Para llenarte de criollos, para curtirte la cara, hasta que logres el gesto tradicional de la Patria.”
Línea de tiempo de Raúl en la guerra
Operativo Rosario
Tropas argentinas recuperan Puerto Argentino. Raúl es Sargento del RI 25 “Sarmiento” en Chubut.
Embarque hacia las islas
Llega a Puerto Argentino con su sección. Integra la Sección de Tiradores de la Compañía A.
Monte Low
Helicóptero hasta el Monte Low, 1.550 m sobre el nivel del mar, 8 km al norte de Puerto Argentino. Patrulla de reconocimiento y observación.
Primer bombardeo
Aviones británicos bombardean posiciones del RI 25. Una bomba cae a 300 metros de su posición.
“Nací de nuevo”
Una bomba cae a cinco metros de su posición sin causarle un rasguño. Día de la Patria.
Rendición
Cese del fuego en Puerto Argentino. Comienzan los tiempos de espera y el regreso al continente.
Retiro
Se retira del Ejército Argentino con el grado de Suboficial Mayor. Se radica en Villa de Mayo, partido de Malvinas Argentinas, Buenos Aires.