Capitán Pedro E. Giachino
Buzos Tácticos · ArmadaLideró el asalto a la Casa del Gobernador en el Operativo Rosario. Cayó esa misma mañana del 2 de abril, sin causar bajas británicas. Fue el primer caído de la guerra.
Suboficial Mayor del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas. Su historia, su diario de combate y la memoria de todos los que defendieron la Patria en el Atlántico Sur.
Así se presentó, con la sencillez de los que no necesitan adornarse, Raúl Ernesto León. Nació en la provincia de Jujuy y hoy vive en Villa de Mayo, partido de Malvinas Argentinas, provincia de Buenos Aires. Pero a los treinta años, en abril de 1982, era Sargento en la Sección de Tiradores de la Compañía “A” del Regimiento 25 de Infantería “Sarmiento”, con asiento en Chubut.
Combatió en las alturas heladas del Monte Low, a ocho kilómetros al norte de Puerto Argentino. Llevó un diario manuscrito donde anotó cada detalle: el frío, las bombas, las raciones que se acababan, los compañeros caídos. Volvió. Siguió en el Ejército Argentino hasta su retiro en 2008 como Suboficial Mayor. Y todavía conserva, intacto, un sueño: regresar algún día a esas islas que defendió, esta vez con su familia.
Raúl nació en Jujuy, en el corazón del norte argentino, en una familia donde la palabra Patria todavía se pronunciaba en serio. Eligió el Ejército siendo muy joven, motivado por una vocación de servicio y por la admiración a quienes habían vestido el uniforme antes que él. Hizo su carrera de suboficial con la disciplina lenta de quien no busca atajos.
Estaba destinado en el Regimiento de Infantería 25 “Sarmiento”, en Sarmiento, Chubut — una unidad de monte y frío, entrenada para condiciones extremas. Le tocaría usar ese entrenamiento mucho antes de lo que imaginaba. Tenía 30 años, recién casado, su esposa estaba embarazada de su primer hijo. La guerra lo encontró a mitad de una vida que recién empezaba.
Cuando le ordenaron embarcar hacia Malvinas, no titubeó. Eso es lo que cuesta entender desde lejos: que nadie de los que estuvieron allá fue obligado a quedarse. Se quedaron porque era su deber, y porque cuando llegó la hora se asumieron como soldados argentinos antes que como cualquier otra cosa.
Dos islas grandes — Soledad y Gran Malvina — y más de doscientas menores. Un archipiélago barrido por vientos polares, cubierto de turba y memoria. Tierra argentina desde antes de existir como nación.
El 2 de abril de 1982, después de 149 años, la bandera argentina volvió a flamear sobre Puerto Argentino.
“Uno pensaba en su familia. Mi esposa estaba embarazada y hubo momentos en los que pensaba que nunca llegaría a ver a mi hijo. Pero la asistencia espiritual que teníamos en las islas, los rosarios que cada soldado llevaba en su cuello, nos insuflaban fe y esperanzas.”Raúl Ernesto León — Diario de un ex combatiente
Cuando llegó a Puerto Argentino con su sección, los embarcaron en helicóptero hacia el Cerro Low, un punto elevado a ocho kilómetros al norte. Su misión era integrar una patrulla de reconocimiento y observación. La altura, en pleno invierno austral, los expuso a vientos huracanados, nieve y una neblina espesa que muchos días impedía el reabastecimiento.
Cuando empezó el bombardeo, quedaron prácticamente aislados de todo tipo de contacto. Los pozos de zorro se llenaban de agua. La ropa nunca terminaba de secarse. Cuando la ración se acabó, empezaron a cazar ovejas para alimentarse. Y entre todo eso, siguieron cumpliendo su misión: vigilar el horizonte, anotar movimientos, sostener la posición.
No son una estadística. Son seiscientos cuarenta y nueve historias: chicos de diecinueve años, suboficiales de carrera, oficiales jóvenes, pilotos veteranos. Vinieron de todas las provincias. Eran hijos, hermanos, padres, esposos, novios. Dejaron cartas a medio escribir en sus bolsillos. Murieron defendiendo una causa justa con los recursos que pudo darles un país en su peor hora.
“Allí, osados y valientes guerreros defendieron con lealtad y patriotismo la tierra Argentina que nos fuera usurpada.”
Imágenes que evocan el escenario de la guerra de 1982: el frío del Atlántico Sur, las trincheras, la fe en medio del combate y el regreso al continente.
Junto a Raúl Ernesto León, miles de argentinos sostuvieron 75 días de combate. Estas son algunas de las unidades y figuras que escribieron la página más alta del coraje nacional moderno.
Lideró el asalto a la Casa del Gobernador en el Operativo Rosario. Cayó esa misma mañana del 2 de abril, sin causar bajas británicas. Fue el primer caído de la guerra.
Torpedeado el 2 de mayo por el submarino HMS Conqueror fuera de la zona de exclusión. 323 tripulantes perdieron la vida en aguas heladas. Casi la mitad de todos los caídos argentinos.
La noche del 11 al 12 de junio enfrentaron a los Paracaidistas británicos cuerpo a cuerpo, a bayoneta. Aguantaron toda la noche. Los británicos lo recordaron como su peor combate desde Arnhem.
Operaron detrás de las líneas británicas en Monte Kent. El Teniente Primero Rubén Márquez murió cubriendo a sus hombres con el último cargador de su FAP. Élite silenciosa.
Despegaban con aviones de los años 50 a 600 km de su objetivo, sin posibilidad de regreso si fallaba el reabastecimiento. Hundieron el HMS Sheffield, Ardent, Antelope, Coventry y más.
Cazabombarderos turbohélice diseñados y construidos en Argentina. Operaron desde Puerto Argentino y Pebble Island. El Teniente Daniel Jukic murió al cubrir el repliegue de sus compañeros.
“Escuchamos el ruido de motor de los aviones. Una bomba cayó a 300 metros de nuestra posición, haciendo un cráter de 50 metros de diámetro. Vimos cómo la escuadra se dirigía al aeropuerto descargando sus bombas sobre las posiciones del RI 25.”
“Empieza el hostigamiento de bombardeos navales a 15 kilómetros. Era desgastador, imposible descansar. Una bomba explotó cerca de dos soldados que salieron con asfixia; a un Suboficial lo tiró a 20 metros por la onda expansiva. A 200 metros, le cayó un misil aire-tierra al Tte. Dachari, que lo mató en su posición.”
“Siento que nací de nuevo. Nunca me voy a olvidar de este 25 de mayo. Una bomba cayó a unos cinco metros de donde me encontraba, sin que sufriera ningún rasguño.”
Después de la rendición, vinieron los tiempos de espera para regresar al continente. Cuando finalmente arribaron a Puerto Madryn, los esperaban compañeros, amigos y familiares. Raúl recuerda con emoción la marcha militar que cantaron antes de desembarcar — un canto que llevaba todo lo que no se podía decir con palabras.
Volvió al Regimiento de Chubut y siguió con su carrera. “La sociedad nos apoyó, nos contuvo en las emociones, nos acompañó en la Causa de Malvinas”, dice hoy. Pero también recuerda los años difíciles del olvido: “antes nos tenían olvidados, nos querían desmalvinizar, hacernos desaparecer como veteranos de guerra.”
En 2008 se retiró del Ejército Argentino con el grado de Suboficial Mayor. Eligió Villa de Mayo, en el partido de Malvinas Argentinas, provincia de Buenos Aires — un nombre cargado de simbolismo para él — para vivir junto a su esposa y sus tres hijos. Pero parte de él sigue allá. “Me gustaría volver algún día con mi familia, para recorrer los lugares de combate y defensa en esas benditas islas que son nuestras. Ese es mi último sueño.”
“Malvinas, tierra cautiva
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas del mar,
azules y blancas,
pero queremos ver una sobre tus costas clavada.”
Nace en la provincia de Jujuy. Crece en una familia con fuerte sentido de pertenencia al norte argentino.
Inicia su carrera de suboficial. Es destinado posteriormente al RI 25 “Sarmiento”, en Chubut.
Embarca con su Sección de Tiradores. Combate 75 días en el Monte Low. Vuelve. Conserva su diario.
Continúa su servicio en el Ejército Argentino. Asciende hasta Suboficial Mayor, el grado más alto del cuerpo.
Se retira y elige Villa de Mayo, partido de Malvinas Argentinas (Buenos Aires), para vivir con su esposa y sus tres hijos. Comienza el trabajo de memoria.
Da testimonio en escuelas, peregrinaciones y actos. Su último sueño: volver a las islas con su familia.
Volvieron en barcos de noche, los hicieron entrar por puertas traseras, los olvidaron durante años. Hoy, los veteranos argentinos siguen reclamando memoria, verdad y justicia. La causa Malvinas continúa.
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