Doce ataques navales, varios buques tocados, y la admiración silenciosa del enemigo. La historia del Capitán Carballo, uno de los aviadores argentinos más temerarios de la guerra.

El Capitán Pablo Marcos Rafael Carballo tenía 38 años y un hijo recién nacido cuando empezó la guerra. Volaba un avión más viejo que su matrimonio: el A-4B Skyhawk de la Fuerza Aérea Argentina, diseñado en los años cincuenta, sin radar, sin contramedidas electrónicas, sin posibilidad de regreso si fallaba el reabastecimiento aéreo.

En 75 días de guerra, Carballo hizo doce salidas de combate. Atacó al HMS Antelope, al HMS Argonaut, al HMS Broadsword, al Sir Galahad. Cuatro veces lo dieron por muerto. Cuatro veces apareció, posándose en Río Gallegos con el avión perforado por esquirlas y el copiloto a su lado todavía respirando.

“No éramos suicidas. Éramos pilotos argentinos cumpliendo una orden. Si hubiéramos pensado dos veces, no habríamos despegado.” —Pablo Carballo, en entrevistas posteriores.

Lo que pocos saben es que Carballo escribió un libro después de la guerra, Halcones de Malvinas, donde reconstruyó cada misión con un nivel de detalle obsesivo. Las páginas no son una épica. Son un balance frío: qué bomba cayó dónde, cuál no detonó por error de espoleta, qué compañeros no volvieron, cuándo se rezó y cuándo no quedó tiempo.

Le dieron la Medalla al Heroico Valor en Combate, la condecoración más alta que otorga el Estado argentino. La recibió en silencio. “Los que merecen las medallas son los que están allá abajo, todavía. No yo”, dijo años después en una entrevista. Murió en 2017, a los 73 años, en su casa de Mar del Plata. Lo enterraron con sus alas de piloto militar prendidas al saco.

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