Tenían 19 años y un servicio militar obligatorio sin terminar cuando los embarcaron rumbo al Atlántico Sur. La historia de la generación que sostuvo las trincheras en una guerra que no eligió y que no olvida.
El conscripto típico de Malvinas tenía 19 años. Había nacido en 1962 o 1963. Había terminado la primaria en algún pueblo del interior o un barrio de Buenos Aires, hecho la secundaria a veces sí, a veces no, y en febrero de 1982 lo había llamado el servicio militar obligatorio. Llevaba dos meses de instrucción cuando empezó la guerra.
No era un soldado profesional. No había firmado para morir. Era un pibe que cumplía con un deber del Estado, como antes lo habían hecho su padre y su abuelo. La colimba — corruptela de "correr, limpiar, barrer" — era una experiencia universal de los varones argentinos, vivida con mezcla de queja, orgullo y resignación. En 1982, esa rutina previsible se convirtió en algo que nadie había pedido: una guerra real.
Los que más sufrieron, los que más aguantaron
Los conscriptos argentinos en Malvinas tuvieron, en promedio, peor equipamiento, menos alimentación y menos preparación específica que los oficiales y suboficiales de carrera que combatieron junto a ellos. Llevaban borceguíes de cuero que se mojaban con la nieve; uniformes de algodón que no aislaban del frío polar; raciones que no llegaban cuando los helicópteros no podían volar.
“Era un pibe de 19 años. Vino conmigo desde Corrientes. La primera bomba que escuchó en su vida cayó a 80 metros nuestros. Lloraba en su pozo de zorro y rezaba en guaraní. Pero al día siguiente salió de patrulla cuando lo mandé. Nunca me preguntó nada. Cumplió.” —Suboficial argentino, RI 12, entrevista de 2002.
Lo extraordinario no es que estos chicos hayan tenido miedo. El miedo era inevitable. Lo extraordinario es que, aterrorizados como estaban, hayan sostenido las posiciones cuando llegó el momento. En Monte Longdon, en Tumbledown, en Goose Green, en Two Sisters, en Wireless Ridge — donde se libraron los combates terrestres más duros — fueron conscriptos de 19 años los que aguantaron lo más largo.
Quiénes fueron
Vinieron de todas las provincias. Hijos de obreros, de campesinos, de pequeños comerciantes, de empleados públicos. Muy pocos hijos de las familias acomodadas de Buenos Aires fueron a combatir en la primera línea — un dato sociológico que pesó después en cómo la sociedad argentina trató (o ignoró) a sus veteranos por décadas.
La clase 1962 dio la mayoría de los conscriptos del Ejército. La clase 1963, llamada de emergencia, completó las posiciones que faltaban cubrir. Cada uno tenía nombre, familia, sueños inacabados.
Volver
Los que volvieron tuvieron que reconstruir todo: el sistema nervioso que la guerra les rompió, los proyectos que la guerra les quitó, la confianza en un Estado que los mandó sin reconocerlos después. Muchos volvieron en barcos de noche, los hicieron entrar por puertas traseras, les pidieron firmar declaraciones de silencio. Recién en los años noventa empezaron a tener derechos formales.
Hoy, los conscriptos de la clase 62 que sobrevivieron tienen cerca de 65 años. Son padres, abuelos, jubilados. Algunos siguen dando testimonio en escuelas. Otros, los más callados, todavía evitan hablar.
El homenaje del país les debe estar a la altura de lo que ellos dieron a los 19 años — sin negociar.
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