En diarios, libros y memorias publicadas en Inglaterra después de 1982, los soldados y oficiales británicos hablan con un respeto desconcertante de sus adversarios argentinos. Una recopilación de testimonios sobre la capacidad y el coraje argentino.
Una guerra se cuenta dos veces: una desde un bando, otra desde el otro. La de Malvinas tiene la particularidad de que cuando se cuenta desde el lado británico — en libros, documentales, memorias de oficiales — el tono que aparece sobre los argentinos no es el de un enemigo despreciado, sino el de un enemigo que sorprendió.
Algunos testimonios:
Almirante Sandy Woodward (comandante de la flota)
“Los pilotos argentinos eran extraordinariamente valientes. Atacaban como si la guerra fuese personal. Si sus bombas hubieran detonado con espoletas regulables, habríamos perdido seis o siete buques más. Nuestra suerte fue tanto como su pericia.”
Brigadier Julian Thompson (comandante de los Royal Marines)
“Nos enseñaron en la escuela militar que íbamos a enfrentar a una conscripción mal entrenada. Lo que encontramos en Goose Green, en Longdon, en Tumbledown, fueron oficiales y soldados que pelearon con una determinación que no esperábamos. Algunos hasta el último cartucho.”
Sargento Vincent Bramley (3 Paras, Monte Longdon)
“Encontramos al sargento argentino junto a su ametralladora. Tenía siete heridas. Hicimos un círculo a su alrededor antes de continuar. Ninguno de los nuestros habló durante un rato. Sabíamos que habíamos peleado con alguien grande.”
Comandante de Vuelo Andy Auld (Sea Harriers)
“Los pilotos argentinos volaban aviones obsoletos. Pero los volaban como ninguno de nuestros instructores nos había enseñado que se podía volar. A 15 metros del mar, durante 600 kilómetros, sin radar de seguimiento. Esa profesionalidad la respeté entonces y la respeto ahora.”
Capitán Steven Hughes (médico militar británico)
“Atendí soldados argentinos heridos. Eran chicos de 19 años, hambrientos, con uniformes inadecuados, y aun así me preguntaron por sus compañeros antes que por sí mismos. Esa entereza no se entrena. Se trae de casa.”
Lo que tienen en común estos testimonios — y muchos otros recopilados en obras como “The Battle for the Falklands” (Hastings & Jenkins), “Don't Cry For Me Sergeant Major” (Arthur, Shaw, Sayle) o “Excursion to Hell” (Bramley) — es que ninguno se escribió por simpatía. Se escribieron por honestidad militar. Y por la convicción, todavía vigente en el Reino Unido, de que reconocer al adversario es la única forma decente de honrar a los propios caídos.
Para los argentinos, leer esos libros tiene un valor doble: confirmar lo que ya sabíamos — que nuestros soldados pelearon con honor — y entender que del otro lado, los profesionales que estuvieron allá, lo entendieron también.
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