Hasta 1995, todos los varones argentinos hacían un año de servicio militar obligatorio al cumplir 18. La generación que estaba haciendo la colimba en 1982 se encontró, sin pedirlo, en una guerra. Esta es la historia de esa institución.
Durante casi un siglo, Argentina tuvo un sistema de defensa basado en el servicio militar obligatorio, también conocido popularmente como colimba. Cada año, todos los varones de 18 años eran convocados; algunos quedaban exentos por motivos médicos o laborales, pero la mayoría hacía 12 meses de servicio (a veces 14, a veces 24 en la Marina) en alguna unidad del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea.
La ley que lo establecía era la Ley 4031 de 1901, sancionada durante la primera presidencia de Roca a instancias del Ministro de Guerra Pablo Riccheri. Argentina, como muchos países en aquellos años, decidió que la defensa nacional no podía depender de un ejército profesional pequeño, sino de un pueblo en armas. Cualquier varón mayor de edad podía ser llamado a la trinchera si la Patria lo necesitaba. En 1982, la Patria lo necesitó.
Cómo funcionaba
En febrero de cada año, los varones de 18-19 años que habían sido sorteados se presentaban en el cuartel asignado. Los primeros tres meses eran de instrucción básica: orden cerrado, tiro, marcha forzada, manejo de armas, disciplina. Después, dependiendo del destino, hacían tareas variadas: guardia, mantenimiento de equipo, ejercicios tácticos, apoyo logístico, capacitación específica.
La experiencia era duramente igualadora: el hijo del estanciero y el hijo del peón compartían cuartel, comida y baño. Para muchos jóvenes del interior profundo, era la primera vez que veían un dentista, dormían en cama propia o accedían a alfabetización. Para otros, era una imposición sin sentido. Para todos, era un rito de paso del que se hablaba durante décadas después.
La clase 62 en Malvinas
En abril de 1982, los conscriptos que llevaban dos meses de instrucción se encontraron de golpe en una guerra real. No habían terminado siquiera el período básico. Algunos jamás habían disparado un fusil FAL con munición real antes de embarcarse. Otros habían hecho un solo ejercicio de fuego real.
“Cuando nos dijeron que íbamos a Malvinas, lo único que pensé fue: ‘a mi mamá le va a dar un infarto cuando se entere por la radio’. No teníamos ni para llamar por teléfono.” —Conscripto del RI 8, testimonio recogido por Edgardo Esteban en Iluminados por el Fuego.
De los 23.000 efectivos argentinos que combatieron en Malvinas, aproximadamente 11.000 eran conscriptos. La mayoría de los caídos en tierra fueron también conscriptos. Hicieron la guerra para la que la Patria los había preparado durante 80 años de servicio militar obligatorio — porque eso es lo que el sistema implicaba, aunque casi nadie lo dijera en voz alta hasta que llegó el momento.
El fin del SMO
El servicio militar obligatorio fue suspendido en 1995 durante la presidencia de Carlos Menem, tras el caso del soldado Omar Carrasco, muerto en circunstancias confusas en un cuartel de Zapala. Se transitó hacia un Ejército profesional, voluntario, remunerado. La colimba pasó a la historia.
Hoy, muchos veteranos de Malvinas sostienen — con argumentos que conviene escuchar — que el fin del SMO también significó la pérdida de un lazo cultural entre la sociedad civil y las Fuerzas Armadas. Otros, con igual razón, recuerdan que ese sistema mandó a chicos sin preparación a una guerra que no eligieron.
El debate sigue abierto. Lo que no se discute es que la generación que peleó en Malvinas fue, en gran parte, una generación formada por el servicio militar obligatorio. Su honor está vinculado a esa pertenencia. Y su memoria también.
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