A las 16:01 del 2 de mayo, dos torpedos partieron del submarino HMS Conqueror. El Belgrano se hundió en aguas heladas, fuera de la zona de exclusión. Quedó la pregunta y quedaron los hombres.

El Crucero ARA General Belgrano tenía cuarenta y cuatro años de servicio y mil noventa y tres tripulantes a bordo el día en que dejó de existir. Navegaba fuera de la zona de exclusión de 200 millas declarada por Gran Bretaña, en rumbo de regreso al continente, cuando dos torpedos Mark 8 disparados por el submarino nuclear HMS Conqueror partieron su casco en dos.

Eran las 16:01 del 2 de mayo de 1982. La temperatura del agua era de cuatro grados. El viento polar del Antártico hacía olas de seis metros.

“Lo último que escuchamos fue al comandante Bonzo dar la orden de abandonar el buque. Y después, el ruido tremendo del mar entrando.”

Trescientos veintitrés hombres murieron. Casi la mitad de todos los argentinos caídos en Malvinas perdieron la vida ese día, en ese mar. Muchos eran conscriptos de diecinueve, veinte años, hijos de familias del interior que jamás habían visto el océano antes de ese viaje.

Los que sobrevivieron pasaron entre treinta y cuarenta horas en las balsas, con los pies congelados, racionando el agua en tapitas y abrazándose para no morir de hipotermia. La Armada Argentina los rescató en una operación que todavía hoy se estudia en escuelas navales del mundo.

El debate sobre la legalidad del hundimiento —fuera de la zona de exclusión, con un crucero alejándose del teatro de operaciones— sigue abierto cuarenta y cuatro años después. Pero los nombres no se discuten. Los nombres están grabados en el cenotafio de la Plaza San Martín, en Buenos Aires. Trescientos veintitrés. Uno por uno.

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