No tenía rango de oficial, no salió en la tapa de los diarios. Solo defendió su posición en Monte Longdon hasta el último cartucho y se ganó el respeto del enemigo. Una historia de coraje anónimo.
Hay nombres que la historia oficial mete en un cajón y la historia humana saca a la luz cada vez que puede. El Sargento Mario Cisnero es uno.
Era suboficial del Regimiento de Infantería 7. La noche del ataque a Monte Longdon, mientras los paracaidistas británicos avanzaban sección por sección, Cisnero se quedó solo en un pozo de zorro con su ametralladora MAG. Sus compañeros habían caído o se habían replegado bajo el fuego.
No se retiró. Cambió de cinta tres veces. Cuando se le terminó la munición de la MAG, sacó su FAL. Cuando le falló el FAL, usó el de un compañero caído. Cuando se le terminó esa munición también, salió del pozo con la bayoneta calada y enfrentó a los paracaidistas a metros de distancia. Cayó allí.
“Encontramos al sargento argentino junto a su ametralladora. Tenía siete heridas. Hicimos un círculo a su alrededor antes de continuar. Ninguno de los nuestros habló durante un rato.” —Testimonio recogido por el periodista británico Vincent Bramley, presente en el combate.
No salió en la tapa de Clarín. No le hicieron un monumento. Su nombre aparece en una placa entre cientos. Y sin embargo, en los libros británicos que estudian Longdon, su gesto figura con todas las letras: el suboficial argentino que no aflojó.
Raúl Ernesto León, suboficial también, del Regimiento 25 que combatió a pocos kilómetros de allí, dice que esa noche oyó el fuego de Longdon desde su posición y rezó por los compañeros del 7. “Sabíamos que les estaban cayendo todos encima. Y aguantaron. No sé cómo. Aguantaron.”
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