Mientras la guerra convencional se libraba en las trincheras, una compañía de comandos argentinos operaba detrás de las líneas británicas en el Monte Kent. Pocos, en silencio, sin reconocimiento.

Hubo dos guerras en Malvinas. La que se libró en las trincheras y la que se libró en la oscuridad, entre rocas, en patrullas de cuatro o seis hombres que se internaban detrás de las líneas británicas para hostigar, espiar, sembrar minas y obligar al enemigo a malgastar municiones y energía buscándolos.

La Compañía de Comandos 602 del Ejército Argentino fue una de las unidades que llevó esa guerra silenciosa. Cuarenta y dos hombres, entrenados en las Sierras Centrales y en el Operativo Independencia. Ninguno había peleado antes. Todos lo habían imaginado todos los días.

El 30 de mayo de 1982, la patrulla del Teniente Primero Rubén Márquez se metió en el Monte Kent —ya tomado por el SAS y las fuerzas especiales británicas— para confirmar posiciones. Cayeron en una emboscada. Márquez ordenó a sus hombres replegarse y los cubrió con su FAP hasta agotar el último cargador. Murió allí, con el arma todavía caliente.

“Los argentinos del 602 nos sorprendieron varias veces. Eran muy buenos. Si hubiesen contado con apoyo aéreo y artillería precisa, nos habrían hecho daño grave.” —Comandante del SAS británico en Malvinas, testimonio posterior.

Pocas fotos los muestran. Pocos libros los nombran. La memoria popular argentina, durante años, se concentró —con razón— en los conscriptos. Pero junto a ellos, en la oscuridad de la turba helada, otros argentinos hicieron una guerra distinta. Sin cámaras. Sin parte oficial diario. Con la misma bandera.

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